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Sobredosis de placeres

Las últimas noches del año parecen las más frías, digo parecen porque qué podría decir yo de ese frío si en este momento reposo en una tina caliente. Vacío la copa en mi boca, en el agua, en mi cuerpo. Me sumerjo y me recuesto complaciente. Inhalo, exhalo y cierro los ojos sonriente.


“En buen plan, Bambi ¿No te das cuenta todavía? No importa dónde y con quién o quiénes sea la peda, la orgía, la quema de mota, el encuentro sexual, el partido de fútbol, el concierto, la bailada, la carne asada, la cena, etc… no importa el orígen del placer. El placer es fugaz y nunca sacia. Uno no puede ir por la vida solamente buscando los placeres, si vives para la autosatisfacción entonces pasa como dijo Villoro un día: “la nostalgia se activa en cuanto el árbitro pita el final del partido.”


El eco de esas palabras golpeaban las paredes de mi cabeza. Abrí los ojos y observé una realidad completamente diferente a la me rodeaba antes de cerrarlos. Sentí el agua sucia y mis manos estaban arrugadas y cansadas. Me sentí diminuta y ruin. El placer corpóreo es grato y existe, lo sientes en los poros, en la punta de la lengua, en la caricia del agua, en el orgasmo, en la garganta, pero dura tan poco.. la resaca siempre dura mucho más.


El ser humano siempre quiere respuestas convenientes, soluciones. No le interesa la verdad porque la verdad no es complaciente y al hombre promedio no le gusta invertir en lo variable ni construir edificios en superficies movedizas. Sufre la ansiedad de esa posibilidad, aunque sea mínima, de fracasar, por eso le es tan fácil dejarse absorber por el placer, que cuando embriaga es la única certeza. Es tanto el temor a la incertidumbre y a la duda que mejor opta por vivir de aspiraciones y sueños, se sostiene en puros supuestos.