La vida habla de muchísimas formas a través de mí pero cuando tercamente insiste en hacerlo de manera escrita, decido abrirle puerta a las letras y me someto a la libre expresión de la palabra. A veces me quedo muda, se me atoran las ideas y se me ponen tiesos los dedos cuando estoy frente al teclado porque me hicieron creer que esto había que dejárselo a los poetas, a los escritores, a los filólogos, no a los humanos simples como yo. 

 

Pero así como el ciego que quiso dejar de serlo y se quitó la venda, un día me percaté de que yo también conozco el abecedario y tengo un criterio. Me di cuenta de que la divinidad está presente en la conciencia y ella misma me dijo que nada puede impedirme hacer uso del pensamiento más que el miedo, el creer que no tengo la capacidad de dominarla y plasmarla a mi placer. Dios me hizo Dios en el momento en que me dio la libertad y la voz, y me prestó un tiempo para moldear el sentido de mi canto a través de la cultura del trabajo. A través de la entrega encontraré una madre para mi orfandad. 

Buscar